sábado, 9 de septiembre de 2017

Homenaje a Eduard Encina, escritor cubano

Eduard Encina, escritor cubano
Lupus

Dicen que el enfermo soy yo.
Lo pronuncio y un perro mea.
La enfermedad es un bien. Extiende sus manchas en mi rostro
para que sea diferente, ¿para que me vea diferente? Manchas
en el rostro de un hombre que odia las manchas.
En eso consiste: un perro mea y yo odio.

Después viene G
a decirme un salmo que debo conservar antes que el agua extienda
un círculo entre nosotros, de sangre y alcohol,
un círculo a chorros
violetas
violetas
violetas
un gran hematoma sobre nosotros.

La calma crece
borra las huellas de lo que perdimos, porque la cosa es hereditaria.
La enfermedad es un bien. La cabeza en su lugar, aunque escasea
el cabello y por los rincones los niños doblen pájaros de papel.

G es mi mujer, mi enfermedad.
La sombra del día pesa menos. Tengo hambre (dice), no te pongas
a escribir. El hambre se cura, pero las palabras no. Si ella tiene hambre, tiene poesía o al menos una necesidad que no la traicione.
En eso consiste: miras el país y tienes hambre /miras y puja la sospecha
de que la cosa es hereditaria.

Todo está en articular
el estrés,
en desarticularlo.
Cerrar los ojos (no pasa nada),
aunque pase no pasa
articular
desarticular.

Hay problemas con el sol
no jodas
lupus eritematoso sistémico
hay problemas
articular
desarticular.

No pasa nada.

Sueño con la nieve,
es una enfermedad, los copos allá fuera comiéndose el día, pero estas úlceras no dejan que el sueño avance. Mi cuerpo es una llaga que pasea por el mundo, hay diferencias entre mi cuerpo y yo, pero nos entendemos.
Es así:
articular
desarticular
un flujo en la medida
un flujo
una alteración del no sé qué.
Me dijo que no lo escribiera
morirse es algo personal (lo dijo)
algo que no se comparte.

Quieren separarnos
extirpar las palabras que sembramos a la sombra del minuto malo.
Ser enfermedad o ser enfermo. Lo que invierte el sentido no es la posición,
sino el peligro de estar frágiles, acostumbrarse al vacío por donde pasan
los cadáveres
de uno en fondo
sin levantar los ojos
los cadáveres
de uno en fondo
como úlcera en la lengua, ¿en el corazón?, como úlcera sembrada
en el silencio de todos.

Saulo de Tarso
Pablo el Apóstol
invertir el significado y no el cuerpo que oscurece cada vez que el cuerpo recuerda. Hoy somos enfermos, ayer hijos que no se creyeron parte alterada ni linaje ni ralea, hijos pegados al susto de la sangre, deprimidos, falsos hijos, esteroides cuando el mutismo se repliega,
mutismo-absceso /mutismo-manchas.
La enfermedad es un bien.

Una biopsia,
un pedazo de carne, un pellizco rápido, sin lástima.
Hay quien se adapta a la sangre del otro: el perro, el viscerador, el corte fiel.
Estética del corte
simulación
¿Cura?
simulación
estética del corte.
G y yo contra lo racional dispuestos a no escuchar la queja
miedo
miedo
miedo
una gran impotencia sobre nosotros.

Si respiro los dolores reaparecen
un dolor + otro dolor.
Aguantamos. Hay quien le llama resistencia, hay quien le llama sacrificio,
pero es sordera, mareo, desencanto.
Me asomo a la ventana y el paisaje no se mueve,
aparenta nubes de concreto sobre campos de concreto. Ella lo advierte:
«mejor cerramos: la ventana asusta y afuera el sueño se detiene».
Dobla el papel. Piensa en la cloaca que hay dentro de mí. Eso la aleja
de la escritura, pero no del golpe que nos une.
Dentro repartimos calvaril/ la enfermedad ayuda/ el temor ayuda
G lo advierte:
«mejor cerramos: la ventana asusta y afuera el sueño se detiene»
trac
              y el sueño,



Hurto y sacrificio

Con el dinero de un premio literario
compré un caballo para mi padre.
Quedó sin trabajo y el penco
le ayudaría a olvidar.
No iba a entender que el dinero
lo gané con mis poemas
ni que un poeta tiempla el nervio nacional.
«Di un palo en la bolita, le dije,
soñé con Mariela y jugué el 31»
Para entonces él decía: «un país
se hace en el cañaveral».
Y era cierto,
a Mariela le gustaba abrir las piernas
y gritar entre las cañas:
«haremos diez millones»,
y yo le daba duro para cumplir la meta.
Mariela era la mujer de mi padre,
una putica ahí por la que un día
mi madre, como una tojosa triste,
se dio candela.
La maniobra del caballo era infalible.
Mariela lo miraba y sentía entre sus piernas
el jugo de la caña,
mi padre lo miraba convencido de que un país
es nada sin un ejemplar como ese.
Revisando algunas fotos de mi madre,
me dio por escribir este poema
y sentí unas ganas enormes de matarles el caballo.



Perro

Para Diana y Arnoldo.

Tiene aún el trozo de pan
en la boca,
algo en él
la «cosa humana»
lo detuvo frente a nosotros.
Ni un gesto
ni la mano que lo agraciaba
logró conmoverlo.
Agarró el trozo de pan
que le lanzamos y huyó;
pero al ganar la calle,
la goma trasera
la melliza de una camioneta,
lo dividió en dos partes:
pan y sangre.
Ser perro fue
su peor enemigo.



La placenta

La enfermedad (como la belleza)
es un bien,
nadie la conoce, nadie la ve, nadie la merece,
tan grande que no la percibimos,
es de todos
un pedazo de cosmos que vive en mí
y no hay cómo huirle al paso de los trenes en plena madrugada,
si junto a los cimientos una sustancia
                                v o l á t i l
                                se mueve.
es una imagen que insiste:
los jugos marginales intentando explicar esencias que no poseo.
Tengo dos calmas
dos sentidos
dos tumores
un pan que llega tarde.
La enfermedad es un invento mío
cuando pienso en el ascensor donde
abrió los ojos con el mundo en fuga,
pero yo no era el poeta
sino parte del dolor,
la circunstancia saliendo por la boca, la nariz,
                                el miedo
                                       v o l á t i l
                                              de mi madre.
Yo creía en Dios,
yo creía en las palabras,
era un feto, una piltrafa renuente al gancho ciego que la desgarró.
«Suerte y verdad».
Le dijeron que no tenía nada adentro,
entonces supe que fui nada desde el principio,
un recuerdo de mí, «una imagen difusa»,
tal vez un error.



Anticuerpos

Harto de ser el que pone la espalda
y todo pre-existe
de sentir esas muchachas
sus pieles contra los bordes
sus alondras infinitas
siempre harto de lo semejante

¿por qué todo lo semejante?

hay algo en mí que se despide
prometieron la tierra lo intocable
y me creí ese violín donde la mano se agota

muy cerca parece comenzar el mundo
muy cerca están cambiando el cielo
cierro los ojos
nadie entiende esas figuraciones
no sabe nadie qué es el cielo
estoy harto de ser nadie
cantor / semejante
en el silencio de su bestia
hacia la inagotable pose de la hermosura
no estuve en sitio alguno antes de ganar
este cuerpo
no he sido pez no he sido alga siquiera
toda medida comienza donde estoy harto
y los ungüentos de la hierba amenazan el tarot
hay algo en mí que desconoce cuán necesario
es amar el obelisco de la discordia
la escasa libertad
si caer parece el definitivo diálogo
que va a desmentirme

¿en qué otra iluminación volverán los temores
a la imagen horrenda de la Madre?

el cielo me aplasta
soy un falso techo un invento de mí mismo
que ronda la mitad donde la palabra
se diluye
hay algo en mí que se expulsa
ciertas aves que dejarán la sorna
el dolor de la escritura derramándose
adentro
donde todo cae se escurre no significa



La poesía de Eduard Encina (Baire, 1973), más que con palabras, está escrita con verdad. Sus versos destilan esa sustancia, ora terrible, ora luminosa, sin la cual el hombre andaría a tientas por el enrevesado mundo. Confesional, lírico sin lacrimosidades, con una clara conciencia de pertenencia a un territorio y a un legado cultural, cada libro suyo representa un intento por ahondar en la circunstancia ontológica del cubano de ahora.

Sobre su oficio Encina ha dicho: “La poesía no sirve como bálsamo, sino como herida infestada, como pierna que hay que cortar. No creo en la idea edulcorada de la literatura en medio del caos, la poesía también es caos. Construir zonas de fe es trabajar con la memoria, despojarla de lo verborreico, lo tullido, y recuperar la libertad individual para poder participar en el sueño de todos. Una zona de fe es un territorio libre de apatía. ¿Cómo detener el desánimo, la abulia? ¿Cómo entenderse con la realidad sin participar? Esa es la resistencia”.

Poeta de la mal llamada periferia, dese su Baire natal, municipio de Santiago de Cuba, desmiente, primero con su obra, que el provincianismo sea una fatalidad; piensa, con razón, que es una actitud mental: “No se hace literatura desde una entidad geográfica, sino desde una parcela espiritual que se rompe y se cultiva en el ardor de la cotidianidad.”

Encina es autor de los poemarios De ángel y perverso (2001), El perdón del agua (2005), Golpes bajos (2004), Lecturas de Patmos (2011) y Lupus (2016). También cultiva la prosa y la literatura para niños. Ha sido merecedor de múltiples reconocimientos en certámenes nacionales. (AF)  

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