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miércoles, 1 de agosto de 2018

CADA POETA TIENE SU NEGRO: EL DE JUAN MATOS, EL SÚMMUM DEL DOLOR.


Escuchando los poemas de Juan Matos en su más reciente producción, "Azúcar, cayo y puerto: la epopeya del Batey Central Barahona", que publicó en forma de libro y de disco, he quedado impresionado por la calidad de los mismos. Y yo, que en los últimos tiempos me he dedicado a tratar de convertirme en una especie de catador de textos literarios, he tenido que abandonar mi condición serena y objetiva de estudioso para entregarme a la pasión de disfrutar el audio de sus versos. Claro, la voz de Juan, su estilo apasionado de declamar o recitar cada poema le agrega un valor adicional al que de por sí tiene cada uno.
Esa pronunciación bien atiplada, fuerte, débil, aguda, grave, indignada, irónica, en la mayoría de los casos, no es óbice para ver lo grandioso de los tropos de cada verso. “Cociendo sus vidas en un fogón de penas” es un símbolo de ese viaje emocional por el inolvidable Batey Central de la “desperlada Perla del Sur”, que es el nombre con el que se exalta a Barahona, ciudad natal del poeta, ingenio natal del poeta, batey natal del poeta. Natal y mortal para muchos que perecieron casi aniquilados por el trapiche o bajo la música de la locomotora que simboliza el poder de transportación de toneladas de caña cortada con las heridas de las cortantes hojas de la caña que mezcla sangre, sudor, y en muchas ocasiones lágrimas.

Yo, que solo he estado en los bateyes una vez, hace muchos años, en que formé parte de los empadronadores de la Oficina Nacional de Estadísticas, para censar, he quedado envidioso de no haber nacido y ser criado en un barracón de aquellos, para que mi poesía estuviese como la de Juan mojada de ese dolor, sucia de ese divino lodo, cortada por las inocentes e hirientes roces de las inocentes hojas verdes de la caña. Y alumbrada por lo que quiza sea lo único poético y hermoso de un batey: esa flor de caña que solo en diciembre florece, rubia y rutilante, y batida por el viento simulando un suave mar verde-rubio de olas que se desolan y vuelven a olarse como si el cañaveral fuera una fiesta, como si el batey fuese una pista de baile, como si el campo de caña fuese un un movedizo bosque de alegría, cuando en la parte baja de ese océano de viento y flores se anida el dolor, el hambre, engaño de los vales con que se les pagaba y despagaba a esos esclavos del dulce grano que sale de moler caña y hombres.
Los poetas aprenden de otros poetas como los profetas de otros profetas. Cada uno es hijo de lo que oye, mira, huele, gusta, siente, aprende, prende, aprehende y comprende. Por eso, Juan Matos es resultado no solo de su sensibilidad, de su estro personal, sino que su talento se educa en la lectura de otros. De este modo, en la poesía de Juan vibra el recuerdo de otros bardos sociales, y especialmente los que han tocado el tema del negro como raza, como esclavo de la corte, como siervo de la gleba, como trabajador de la fábrica, según la época y lugar.
De aquí que cada poeta tenga su negro particular, su original enfoque de la vida del negro: en cada uno hay su negro propio. Ahí está el negro que quiere retornar a su lar de origen, como es el de Aimé Cesaire en Cuaderno para un Retorno al País Natal, al igual que el Viejo Negro del Puerto, de Francisco Domínguez Charro, “que amargamente sueña con su retorno al África”.
O el negro laborioso y fiestoso y ritual de Manuel del Cabral, y de repente “cantan los cocolos cánticos caliente, ya la piel toro muje en el tambor, y a la negra negra la emborracha el rito mucho más que el ron”.
Y tenemos al negro que aporta Pedro Mir, que es del ingenio como son del ingenio la caña y el trapiche y el tren y los bueyes, que produce y produce, y su sufrimiento es más social que personal.. y de repente, "Dominí, tú no estás solo, no estás solo Dominí, del ecuador hasta el polo, el mundo lucha por ti".
Diferente del negro de Ramón Marrero Aristy y con el Over engañador de su novela. Los vales con que el negro trabajadorísimo está obligado a comprar en determinadas pulperías que están en compinche con el capataz que lo engaña junto a los dueños del ingenio azucarero, y que le pesa mal la caña porque el peso está tan bien arreglado para la trampa como lo saben hacer bien los capitalistas "de uña en el rabo", como hubiese dicho Juan Bosch, en sus distintas vertientes.
Al que agregamos el negro de donde viene y al que le escribe y describe Norberto James Rawling: humilde, tranquilo, y en cierto modo sometido ingenuamente a las reglas del juego se ser pelotero, cochero y otros oficios de integración social y económica, tenga que reconocer que "yo no tuve libros ni bicicleta y tuve que aprender los colores en difusos dibujos de lápices ajenos, porque solo fue mía la temprana edad de lo triste, las tibias noches del puerto, la sal marina y un gusto por la música que la hace posible".
¿Cómo es el negro de Juan Matos? El de Juan es sufrido hasta la rabia, hasta llamarle mierda al batey y al ingenio, en una turbamulta de palabras que amenazan con dejar de ser verbos, sustantivos, artículos, preposiciones y conjunciones para convertirse en machetes, martillos, hachas, picos, azada para lanzar con ellas coces, ya no contra la caña que se corta los corta, sino contra el ingenio, sus ingenieros, industriales, quienes han armado y controlan el sistema de opresión en que se basa la producción y comercio de la caña convertida en azúcar refinada o blanca con su calñ; la parda, crema, mulata o “negra lavaíta”; el guarapo, que es un “negro ordinario o no lavaíto” y culminar en la negra más negra de todas las azúcares, que es la melaza. Porque, como puede ahí verse, también la caña tiene sus etnias bien marcadas como la sociedad aquella del club aquel del que habla el poeta Juan Matos, al que no te dejan pasar si no eres hijo del Teniente policial o del Jefe de Planta, o cualquier otro que tenga cargo y carga de dinero. Porque el hijo de la que barre el club, o del que hace mandados, no puede entrar. Debe dejar el mandado en la puerta y devolverse.
Es el negro envuelto en el enjambre de un mundo falso donde el Club Deportivo y Cultural es falso porque, como muestra el poema de Juan Matos, más que deportivo es bebetivo, y más que cultural es borrachal, porque en vez de libros y cuadernos o instrumentos artísticos, está lleno de mesas de dominó, potes de ron y cerveza para el jumo.
Es decir, el negro de Juan Matos es el que ha llegado a ser el Fernando bateyero, el que ha sido llevado hasta el extremo del dolor, hasta el máximo de la represión organizada de la industria, que debe producir y producir a como dé lugar y a costa de los sacrificios de quien sea, menos de los jefes.
Es indudable la calidad y calidez de esta poesía, no basada en buscar la belleza convencional del poema preciosista, edulcorado de metáforas, bañado en las aguas limpias de una lengua de puro castellano, sino en el español del batey, arrastrado en el tartamudeo, sucio de la lucha y limpio de propósitos humanos sublimes propios del que sabe levantarse desde dentro del lodo y avanzar hacia nuevos horizontes aunque sea utópico alcanzarlos. Una poesía, que no es "gota a gota pensada, no es un fruto perfecto, no es un bello producto... es lo más necesario, lo que no tiene nombre: son gritos en el cielo, y en la tierra son actos", como diría Gabriel Celaya.
A sabiendas -como dijo el viejo Leo Burnett- de que queriendo tocar las estrellas probablemente no podrá tocarlas, pero no terminará con las manos sucias de lodo aunque para ganarse la vida tenga que andar por el bache azabache del dolor.

AUTOR: JUAN FREDDY ARMANDO

martes, 3 de abril de 2018

ALERTA. ¿Quieres aprender a escribir bien? Tienes mucha razón. Por Juan Freddy Armando

Todos anhelamos dominar el arte de la escritura. Es un excelente ideal porque escribir correcta y eficazmente es como hablar bien: una necesidad humana indispensable, sin importar el oficio al que nos dediquemos. Porque nuestra existencia es un hecho ante todo lingüístico, verbal. Fue el desarrollo de la lengua lo que hizo a aquellos pequeños primates evolucionar hasta saltar a ser hombres y mujeres.

Además, siempre tenemos la necesidad de comunicarnos con persuasión para lograr que los demás actúen como nos conviene; o con disuasión a fin de que no hagan lo dañino para nosotros.

Ahora, en plena revolución cibernética, somos parte de la internet, donde lo que escribamos en chats, posteos, notas, comentarios, memes, hastaf, etc.,forjará nuestra imagen, y por ella seremos juzgados.

Al sabio canadiense Herbert Marshall McLuhan lo sorprendería saber que la ciber-red -cuya existencia predijo- ha traído de vuelta la primacía de lo que él llamó la Galaxia Gutenberg: la escritura. Contrario a lo que ocurría en sus tiempos, en los años 60 del siglo XX, cuando la imagen tendía a predominar sobre la palabra.

Hoy corren parejas estas formas de expresión, porque lo visual, textual y auditivo hacen juego complementario en la red internética. Sin embargo, lo escrito prima sobre lo visto u oído.

Por ello, hoy quiero que mi columna sirva para dar mayor difusión a un texto que me ha marcado hasta hoy desde mis años de estudios en el Colegio Universitario de la UASD. Lo hallé en el libro Letra O12, de mi siempre admirado catedrático ejemplar Bienvenido Díaz Castillo.

En el mismo, el escritor francés André Maurois logra sintetizar maravillosamente lo que sería un verdadero Curso de Escritura Creativa en poco más de una cuartilla:

EL ARTE DE ESCRIBIR

Por André Maurois, de la Academia Francesa

¿Queréis aprender a escribir bien? Tenéis mucha razón. No sirve de nada tener ideas justas si no se sabe expresarlas. La palabra, ni incluso la elocuencia, son suficientes porque las palabras vuelan. Un escrito queda. Los que lo reciben pueden releerlo, meditarlo. Es para ellos como una imagen del autor. Un informe bien compuesto y bien escrito es el origen además de una gran carrera.

Para escribir bien es necesario tener una cultura. No es necesario estar al corriente de la literatura más moderna. El conocimiento de los grandes clásicos vale más. Suministra ejemplos, citas. Nos introduce en una asociación secreta y poderosa, en esa masonería misteriosa de los hombres cultos, en la que se encuentra frecuentemente tantos médicos e ingenieros como escritores. La cultura da sobre todo un vocabulario.

No se escribe con sentimientos; se escribe con palabras. Hay que conocer muchas y haber penetrado en su sentido exacto. Si se emplean a diestro y siniestro, el lector no las comprenderá. La Academia Francesa pasa toda una sesión en definir tres o cuatro palabras. Esto no es tiempo perdido. A falta de un lenguaje preciso, todo un pueblo puede lanzarse en busca de objetivos vagos, que no valen la pena ser buscados.

Hay que consultar los diccionarios, y sobre todo el Littre, que da tan excelentes ejemplos. Cada vez que se ignore el sentido de una palabra, hay que buscarlo. Hay que leer a los grandes autores. Demuestran que con las palabras de todo el mundo saben construir un estilo. ¿Qué autores? Moliere, el Cardenal Retz, Saint-Simón, Voltaire, Diderot, Chateubriand, Hugo. Hay que encontrar el secreto de cada uno de ellos y los recursos de su maestría.

No tratéis de tener personalmente un estilo. Llegará solo si llegáis a formar a la vez un vocabulario rico y grandes pensamientos. “Lo que se concibe bien se expresa bien”. Hay que evitar las rebuscas pomposas o pedantes. Nada estropea más un estilo que la vanidad. Hay que decir de una manera muy sencilla lo que se desea decir. Valéry daba este ejemplo:

“De dos palabras es necesario elegir la menor”. La menor, quiere decir, la menos ambiciosa, la menos ruidosa, la más modesta.
Hay que preferir siempre la palabra concreta, que designa objetos o seres, a la palabra abstracta. “Los hombres” vale más que “la humanidad”. “Un hombre”vale más que “los hombres”. Las palabras abstractas son útiles, pero es preciso llevar al lector rápidamente a lo concreto. A falta de lo cual su pensamiento vuela por regiones nebulosas donde todo parece verdad. Con palabras abstractas puede probarse todo, pero nada puede realizarse. Hay que preferir también el sustantivo y el verbo al adjetivo. Más tarde aprenderéis a manejar el adjetivo como lo hicieron Chateaubriand y Proust, pero es difícil.

El filósofo Alain, que fue un gran profesor, daba este consejo: “Reducir la puesta en marcha a lo mínimo”. Esto quería decir: “No hay que preguntarse durante varios días: ¿voy a comenzar, cómo debo comenzar? No. Hay que comenzar. Después de la primera frase llegará la siguiente. Los pensamientos se desarrollarán. Si se espera a que se anuden, no se avanzará nunca. Si se aguarda la inspiración se esperará en vano. La inspiración nace del trabajo.

Stendhal decía que es necesario escribir todas las mañanas, “genio o no genio”, y uno de la antigüedad; “Nulla dies sine linea”. Ni un día sin una línea. Si no se impone uno la obligación todos los días de sentarse ante la mesa, no para soñar sino para trabajar; si se dedica uno a pensar: “Esta mañana haré los trabajos difíciles”, entonces está uno perdido. Al día siguiente se encontrará una nueva excusa, y la vida pasará, en la pereza y el fracaso.

“Y sin embargo, -podéis alegar- es necesario reflexionar antes de escribir”. Indudablemente. Es necesario preguntarme muy simplemente: “¿De qué se trata?”, y formular para sí mismo el problema de la manera más clara. Hay que tener en cuenta también que la mayor parte de vuestros lectores no saben nada de la cuestión y que hay que darles en algunas frases, los elementos esenciales. Es un plan cómodo, en casi todos los casos, el decirse: “He aquí lo que voy a tratar de demostrar; he aquí mi demostración; he aquí lo que yo he demostrado”.

¿Es necesario atreverse a audacias de lenguaje y estilo? ¿Se puede de vez en cuando despertar la frase con una palabra familiar? Sí, cuando se haya adquirido a la vez el gusto y la autoridad necesarios: Los grandes escritores tienen sus ocurrencias y vulgaridades deliberadas; los grandes embajadores escriben informes humorísticos y brutalmente concretos. Hay que esperar, antes de imitarles, tener su experiencia y su talento. Hasta entonces no hay que ser aburrido, sino sencillo. No hay que llamar la atención más que por la precisión de las fórmulas, por el ajuste perfecto de las frases y de las ideas, por la brevedad compacta y plena.

Finalmente, hay que evitar, hasta que se llegue a ser un maestro, las frases largas. Bossuet las empleaba mucho, pero era Bossuet. En la época en que Caillauz era presidente del Consejo, le dijo al jefe de su Secretaría, cuyo estilo le parecía ampuloso: “Escúcheme. Una frase francesa se compone del sujeto, del verbo y del complemento directo. Es todo. Y cuando usted tenga necesidad de un complemento indirecto, haga el favor de consultarme”. Empleaba así una exageración expresa y divertida. Pero en el fondo era justa.
Tomado de: http://hoy.com.do/alerta-quieres-aprender-a-escribir-bien-tienes-mucha-razon/#.WsDFufvFEtc.facebook

*Un libro que pone a la poesía dominicana en el centro: presentan “Mateo Morrison: Amor que se derrama” en la Biblioteca Nacional*

Santo Domingo, República Dominicana. – En un momento donde la cultura exige ser visibilizada y defendida, llega una obra que no pasa desaper...